Efemérides Mexicana

ISSN: 0188-1450

EF.MEX. XLII/124 (2024) 483-484

PRESENTACIÓN

Julián López Amozurrutia

La Iglesia, en la conciencia que desarrolla de sí misma y de su misión en el mundo, se acerca a celebrar los 1700 años del Concilio de Nicea y 60 años de la clausura del Concilio Vaticano II. El presente número de Efemérides Mexicana, a cargo de la Facultad de Teología de la Universidad Pontificia de México, dedica su reflexión al primero de estos eventos en la perspectiva de abordar después el segundo.

El primer artículo, de Jesús Ma Aguiñaga Fernández, se detiene en un interesante testimonio del período posterior al Concilio, la carta 243 de Basilio de Cesarea, en la que se enfrenta la paradoja de que sea a los persecutores de la ortodoxia a quienes se asigne el nombre de cristianos en Oriente, por lo que apela a un respaldo occidental que no se logró, pero que termina por mostrar el desafío político y doctrinal que asumió el capadocio por garantizar la recta fe.


Julián Arturo López Amozurrutia, en el segundo artículo, destaca la perspectiva semántica de la fe nicena como elemento identitario de los creyentes, integrando en ella los acercamientos hermenéuticos y analíticos. En el tercer artículo, el doctor Ricardo González Sánchez pone en evidencia el Concilio de Nicea como un momento fundamental en el surgimiento de la conciencia sinodal de la Iglesia, que en nuestro propio tiempo ha adquirido renovada vigencia.


La temática abordada se concluye con el artículo de Rodrigo A. Medellín Erdmann, quien aporta una introducción general, de la «vieja guardia», al Concilio de Nicea, destacando en particular la misión que dentro de él y después de él desempeñó Atanasio de Alejandría, acaso el paladín más célebre de la ortodoxia nicena.

Finalmente, se añade la nota testimonial de Francisco Merlos Arroyo, estudiante en Roma en los años del Concilio Vaticano II, con lo que se tiende un puente hacia el siguiente número de la revista a cargo de la Facultad de Teología, en la que se abordará el último Concilio. La conciencia del pasado con los pies en el presente y la mirada hacia el futuro, también escatológico, de la comunidad creyente, le permite asumir su responsabilidad presente y confiar, a la vez, en el Señor de la historia, que no deja de acompañarla y la guía en su Espíritu hacia la verdad plena.

Los concilios son, para ella, momentos privilegiados de tensión y lucidez creyente, que le permiten perseverar en la verdad y en la misión.

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